IMPLORA LA PAZ
CORRIDAS DE TOROS Y
Previamente al inicio de la corrida, el toro es encerrado en un cajón obscuro llamado «chiquero», siniestro preámbulo que tiene el efecto de aterrorizarlo a través de diferentes procedimientos ilegales pero igual llevados a cabo de manera regular y ordenada.
Hay que saber que antes de ser transportados a dicho lugar, los toros han vivido toda su vida en campo abierto, rodeados por otros individuos en su medio natural, del que han sido arrancados repentinamente para ser encerrados en cajones de madera de menos de
¡Sin comentarios! Enseguida se declaró su pavor de un toro drogado, pudiendo ser más peligroso al desconocerse la reacción del mismo. Insensatamente, el matador Curro Matola abunda en la cuestión afirmando que tal cosa «seria de locos porque como podría reaccionar un animal drogado, sería una incógnita el comportamiento de un toro en esas condiciones» (sic); esto no es más que otra prueba más de que el pseudo «arte» taurino no es más que una técnica refinada de artificios y sistematismos calculados y preestablecidos, es decir una vulgar, metódica y repetitiva manufactura. Así pues, para mantener su mito y convencer al público de la supuesta ferocidad del animal, los tauricidas se refieren al toro como una a una bestia brava y salvaje, cuando en realidad, como cualquiera que lo ha visto de cerca lo sabe, es al contrario un animal doméstico más bien manso y sociable por naturaleza, un gigantón gentil y bonachón que no tiene carácter fuerte y menos aun agresivo, salvo como cualquier animal, cuando se encuentra en estado de desafío territorial, y/o confrontado a la agresión (como prueba recordemos la anécdota del ya citado Curro Matola, quien frente a las cámaras acariciaba a un toro mientras decía con desenvoltura a un periodista: «Es uno de mis mejores amigos; se llama Temple, y lo crié con biberón.
Nació aquí en casa». Matola hasta besa al toro, antes de añadir con orgullo «ahora ha crecido, y es un toro bravo; no deja de ser un toro bravo, y pues entonces hay que llevar el cuidado lógicamente que se tiene que llevar con un animal de estos». Vuelve a acariciarlo, le coge ambos cuernos y se pone a jugar con ellos, balanceando la cabeza del plácido animal, ese «mejor amigo» que acabará sus días en un ruedo. En estas condiciones, 24 horas antes de entrar en la arena, el toro ha sido sometido a un encierro en las tinieblas para que al soltarlo la luz y el barullo de los espectadores lo aterren y trate de huir saltando las barreras, lo que produce la falsa imagen que se quiere dar del toro, es decir la de una bestia brutal y acometedora (durante un coloquio universitario en México, un especialista taurino, frente a una audiencia compuesta por veterinarios, zoólogos y etólogos, se atrevió a afirmar que «el toro es un depredador»...). Muy al contrario, por su naturaleza misma de bovino herbívoro, la tendencia natural del toro, evidentemente, es huir, no atacar. El afeitado, corte y lijado en el hueso vivo del toro
Como lo indica
Sin embargo, además del estado de angustia y desorientación que sufre el toro al salir a la luz del ruedo, se encuentra de antemano ya disminuido y ansioso, pues en el chiquero ha sido objeto de ciertos «cuidados» especiales por parte de los «artistas del toreo». De hecho está ya debilitado, pues para entonces lo han golpeado repetidamente en los testículos y los riñones, a patadas y dejándole caer costales de arena de cien kilos estando inmovilizado, y le han inducido diarreas al poner laxantes, sales y sulfatos en la comida que se le ha proporcionado; es la razón por la cual a menudo los toros salen al ruedo completamente batidos. Un estudio realizado a los toros que usan en corridas, sale a relucir en evidencia el empleo de unos 25 kilos de sulfato de sosa y sulfato de magnesio, o sal de Epson en cada animal sacrificado durante las ferias; «cuatro o cinco kilos de sal de Epson por toro de este laxante - advierte Martínez Carrillo, es una cantidad brutal». Por otro lado, le han sido untadas masas de grasa o vaselina en los ojos para nublar su visión (otras veces se le inyecta tinta china en los globos oculares o se le rocía con aerosol paralizante...), se le han tapado las fosas nasales con algodones y sus oídos con papel periódico mojado. En las patas, se le han clavado astillas entre los pesuños o se le ha aplicado alguna substancia abrasiva como aguarrás, que le produzca ardor, escozores, y le impida mantenerse quieto, lo que facilitará que el torero no desluzca en su actuación frente a un toro que, en condiciones normales, no tendría la menor iniciativa de atacarle. Por si las dudas, para proteger al valeroso torero, se ha tenido la precaución de «afeitarle» los cuernos al toro, es decir recortárselos con sierras y lijas, a sabiendas que no son otra cosa que huesos vivos.
Evidentemente, además de lo intensamente doloroso de esta operación de unos
Esto no es lo último que se le clavará en este estado, pues aún falta un detallito más: uno o dos piquetillos sigilosamente administrados correspondientes a la inyección de algún medicamento fraudulento que ayude a mermar al toro, a aminorarlo, a vaciarlo de su energía vital. Nunca se es demasiado prudente. He aquí pues algunos de los productos con los que la canalla taurina aturde discretamente al toro: fenilbutazona, rompun (de Bayer, que se traduce en un sedado sin estado cataléptico y una relajación muscular generalizada, así como el ralentizamiento del ritmo respiratorio de duración variable según la dosis), vetranquil (Lathevet), sernylan (Parke-Davis), parkersernyl (Parke-Davis), y tantos otros. Dichos medicamentos pueden producir una especie de sensación hipnotizante y tranquilizante derivado de la fenotiacina, que por cierto es empleado por la mayoría de los contratistas de las cuadras de picar para drogar a sus caballos…
Ya hemos dicho que tratando impúdicamente de justificar sus inaceptables actos, los taurinos pretenden que los toros «no sienten»; cualquiera que ha visto un toro en el campo nota de inmediato que al menor contacto de un insecto el animal se sacude o espanta al parásito con la cola o un movimiento brusco del pellejo, esto a pesar de su espeso pelaje y gruesa piel. Uno se pregunta por qué toman los taurinos a sus interlocutores cuando quieren hacerles creer que un toro no siente los tremendos arpones de las banderillas, o la espada que le atraviesa y desgarra las entrañas de par en par. Es que, además de su crueldad salaz y su profundo egoísmo, la falacia y la mala fe son otros atributos característicos de estos individuos, que están dispuestos a lo que sea con tal de gozar con el objeto de su mórbida perversión. Pero bueno, como hemos visto previamente, alevosamente manipulado, golpeado, herido, deshidratado, enclaustrado, cegado y completamente desorientado, y ya sufriendo del dolor intenso que le produce la divisa ensartada en los músculos del lomo, el toro, con la vista nublada por la grasa, recorre al galope el ruedo, deslumbrado y medio cegado, en una actitud de furia aparente. En realidad, cuando el toro desemboca en el ruedo es un animal inquieto o aterrorizado que, herido y desorientado en un lugar extraño, busca desesperadamente una salida.
A eso le pueden llamar una fiesta, ver como sufre un animal con un modo de secuencia anterior al momento de la fiesta en el que le suministran drogas. Como existe gente con la capacidad de asistir y apoyar esta crueldad a los toros, ver como les hacen daño, es lo mas inhumano que puede existir, y aun peor sabiendo el proceso que le aplican al toro dias antes al momento de la corrida.
Fuente México y el Mundo Unidos Contra el Maltrato de los Animales
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